El desayuno fue diferente porque estuvo acompañado en todo momento por la brisa del mar. La frescura del agua despertó sus sentidos y rebrotó energía para todo su cuerpo. Cuando el sol, siendo condescendiente, abrasaba decidió pasear por lugares que siempre habían permanecido ahí, pero que nunca se atrevió a explorar en soledad.
De camino a esas callejuelas llevaba una sonrisa radiante. La soledad viajaba con ella, pero era bien recibida porque era la única compañía que deseaba en esos momentos. Ella y su cuaderno formaban simbiosis perteneciendo a uno solo porque contenía palabras de gran importancia. Su futuro estaba en aquellas palabras, y ella era su propio guardián.
El sol apuntaba alto y agradeció zambullirse entre la frescura de los viejos edificios. Piedras sólidas y frías se agolpaban en ambos lados de la calle cuando comenzó a observar a las personas que se cruzaban por izquierda y derecha. Buscó un saliente en algún edificio y, cuando lo encontró, se sentó. Abrió su cuaderno y comenzó a escribir frases enlazadas sobre las miradas que llegaban a ella.
Unos ojos inmensamente azules se cruzaron en su mirada, y no pudo alejarse del hechizo que trasmitían. Su poseedor era un muchacho que caminaba a la deriva sin saber su destino de manera exacta. Vagaba sacudido por el ir y venir de grupos de amigos festejando el final de las vacaciones y el reencuentro con mirada serena y ojos apenas entreabiertos. El muchacho miraba sus ojos y ella se zambullía en su azul intenso. Le vio alejarse y su mirada se perdió entre los grupos de gente que pasaban por allí.
Bajó la mirada hacia su cuaderno y ante ella apareció una página en blanco que pedía ser cubierta con palabras. Meditó y comenzó a escribir palabras que iban y venían por su mente, alimentándose de los aromas, voces y risas que resurgían de los viejos edificios. Un ambiente joven que aportaba savia nueva para esas calles impregnadas de experiencias a lo largo de los años.
Su muñeca escribió de manera frenética hasta llegar al final. Era un impulso irrefrenable que brotaba de manera enérgica sin poder contenerlo, y se abandonaba al resurgir de ideas que se agolpaban en su mente. Cuando terminó, cerró el cuaderno y comenzó a caminar hacia su origen convertido en destino. Arrastraba los pies para sentir los desniveles de las calles pedregosas, y su mirada se perdía en la siguiente esquina.
Anduvo hasta llegar al asfalto que rebrotaba calor a la caída de la noche. Aquéllas piedras frías fueron sustituidas por ladrillos, y los portalones por puertas de hierro perfectamente estructuradas.
Era una noche solitaria y ya no se escuchaba el eco infantil saboreando las horas del nuevo día...
Copyleft. Alzado 2003.
Permitida la reproducción citando al autor e incluyendo un enlace al artículo original.
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