10 noviembre, 2015

Esas piedras del camino

Esas pequeñas piedras que se cuelan en los zapatos, y molestan cuando caminas e intentas avanzar asemejan a esos pequeños obstáculos que sobrevienen en la vida, y que forman contrariedades en tus pensamientos.
Los obstáculos y las piedras, pueden ser de muy diversos tamaños, y de muy diferente consistencia. Si son diminutos no tardas en quitarte los zapatos, sacudir y listo. Como nuevo.

Si son de tamaño medio, puede colarse en tu vida, o en tu avance, por un corto periodo de tiempo hasta que se halle la solución. Pero, y si la piedra es tan grande que entorpece tu camino, hasta el punto de bloquear un sólo paso más? En esta tesitura tenemos dos opciones, bordearla y alejarnos de ella, o bien, buscar herramientas para reducirla a polvo y continuar nuestro camino.

Las pequeñas piedras no interfieren demasiado en nuestro día a día, pero si su tamaño no nos permite avanzar y nos hacen parar, observar y tomar una decisión meditada nuestras costumbres se alteran, modifican y no nos sentimos cómodos.

La vida, pese a que a veces queramos verla así, no es una carrera llena de obstáculos. Quiero creer que es un curso de duración ilimitada que nos enseña a crecer como ser humano, a fortalecernos para que cuando lleguen experiencias de iguales características, sepamos cómo afrontarlas sin miedos y sin dudas. En nuestro camino nuestra mochila va llenándose de vivencias y, precisamente, las que más nos dejan huella, aquellas con las que verdaderamente aprendemos, son siempre las más dolorosas. Algunas lo son tanto que transforman, en cierta medida, nuestra forma de ser y endurecen pensamientos que antaño eran débiles y confiados.
Con este tipo de experiencias se madura a la fuerza porque elimina cualquier atisbo de ilusión momentánea y el zarpazo de la realidad te da de lleno en el rostro.

De cada uno depende bordear o buscar las herramientas para librarnos de la enorme piedra. No puedo deciros qué se siente cuando se bordea y no se afronta, pues todas aquellas enormes piedras que encontré y encuentro en mi camino han sido reducidas a polvo. Algunas con muchísima energía, y otras con descansos intermedios para recuperar fuerzas y continuar.

Lo que sí puedo asegurar es que, cuando la enorme roca es una simple sombra de cenizas... el atisbo de un ave fénix se ve en kilómetros y, lo más importante, se siente dentro de uno mismo.

20 enero, 2015

A mi ángel


Recientemente me han dicho que te llamas Omael. Me gusta pronunciar tu nombre. Es una suave sensación de sílabas que se deslizan por la boca. Sé que yo soy importante para ti, y sin necesidad de pronunciarlo, sabes que tú también lo eres para mí.

Durante toda mi vida he sentido una compañía protectora junto a mí. Ahora sé que eras y sigues siendo tú. No podría explicar con palabras, el sentimiento de profunda certeza por no tener ninguna duda acerca de tus respuestas. No llegan con palabras, pero sé perfectamente cuando me llegan. Es algo que sientes, es algo que se diluye de la forma más natural y cotidiana posible.

Quiero cuidarte de igual forma que tú cuidas de mí. En cuestión de confianza, posiblemente confíe más en ti, que tú en mí. Porque sabes que puedo ser débil en algunos momentos, y porque sé que estarás si te necesito en momentos de flaqueza.

Me cuidas y me proteges. Sin esperar nada a cambio. Sí, sé que esperas que te escuche y que ponga atención en tus indicaciones. Pero la vida, muchas veces, es tan estresante que no da tiempo para parar y escucharte. Me conoces y sabes que como no lo tenga delante, no lo veo. Me muestro ciega dejando que la vida diaria me absorba en todas las vicisitudes que llegan a mi.

Buscaré un tiempo determinado al día para dedicarme a ti. Para ir conociéndonos un poco más. Debo acostumbrarme poco a poco. No hay prisa, sé que tú no te marcharás. Y también sé que cuando nos conozcamos ese poco más, formarás parte de mi vida de forma totalmente natural. Seguiré necesitando de ti, y me seguirá gustando aprender de ti.

Acabamos de conocernos, ¿comenzamos nuestra relación eterna?

17 enero, 2015

Feminidad

Amanece y acaricio mi piel cálida bajo las sábanas. Mi mano se detiene en el cuello, intentando abarcar su diámetro con suavidad. Las yemas de mis dedos acarician cada poro sintiendo la vida que fluye dentro de mí. Al instante, realizan un leve desvío de su ruta para esparcirse en una zona más amplia. Suavemente rozan la piel del pecho y de detienen. Mi mano, estira sus dedos para abarcar la pequeña circunferencia que nota. Pide a los dedos que exploren, que acaricien para transmitir la información al cerebro. Aquella zona ha cambiado, ha bajado su volumen hasta el punto de apenas apercibirse. ¿Qué ha pasado? El cerebro comienza a procesar la información para sugerir una posible respuesta que satisfaga a su mano.

Poca alimentación, ejercicio constante, desgana, falta de ilusión… muchos factores influyen para llegar a esa situación. El cuerpo va retirando sobrantes de forma rápida y el envoltorio se torna más pequeño. Mientras mi mano procesa la información, los dedos continúan sintiendo la pequeña extensión que torna la planicie. Los huesos de sus costillas aparecen marcados en su costado de una forma ilógica.

Aquello pertenecía a un cuerpo femenino y, sin embargo, su visión era masculina. Resultó ser una visión contradictoria. Nunca habían tocado el cielo, pero ahora no llegarían ni a vislumbrarlo. Daba igual la prenda que acogiese esos retazos de piel, nunca se adaptarían por completo a aquellos recovecos escondidos. Imaginó los pensamientos nefastos que siempre escuchó sobre la falta de feminidad, al carecer de un volumen determinado en esa zona tan particular.

Pensó que una mujer no se forma en base a su aspecto físico. Se forma con las experiencias vividas, con los amores amados, con la ternura al observar, con la sensualidad de una mirada, con el deseo del despertar dormido, con una sonrisa bañada de franqueza o con pensamientos propios que no se acallan ante comentarios nefastos.

Recordó sufrimientos y complejos pasados para luchar contra lo no otorgado. Imaginó la multitud de mujeres que acudían, y acuden, a centros médicos para recuperar su autoestima y feminidad... Todo vale si te aceptas. Ella formó parte de ese sueño, pero al final fue una petición ahogada en el tiempo.

Pensó que esa falta de feminidad en su cuerpo sería suplida por otra… 

Día cero.

Rota y desgajada. Así me siento hoy. La ilusión, sí, esa que aflora por mis poros de forma permanente. Hoy se ha ido, hoy me abandonó. Quiero sujetarme al extremo de la cuerda que me ayude a alcanzarla. Pero no puedo. Llevo intentándolo desde bien temprano, pero no hay forma de conseguirlo. Es un día gris, dentro y fuera de mí.

Analizo mis pensamientos una y otra vez, pero lo único que me permite la mente es transmitirme tristeza. Necesito llenar mis pulmones de aire, hasta que ya no pueda más y liberar en cada suspiro el dolor. El dolor por sentirme vulnerable, demasiado vulnerable. Una simple brizna de aire, hoy, puede tumbarme. Puede hundirme un poco más para cerciorarse que me acerco a la tristeza en su cara más profunda.

Quiero luchar por salir, pero mis fuerzas abandonan cada intento. Arrastro mi corazón y lo cuido. Debo fortalecerle, una vez más. Debería estar acostumbrado a estos envites, pero creo que peca de presuntuoso pensando que la zona ya tiene su barrera de seguridad. Esta vez, no ha sido así. Una nueva derrota en la batalla de la vida y en los combates de vivir. Me pregunto sí será la última, de ahí que quiera comenzar desde cero la siguiente barrera. Una zona de auto-protección.  Para curarme en salud de los pies a la cabeza. Algo que, en su día, alguien me criticó.

Es necesario tenerla para no sufrir. Para que salgan sonrisas, en lugar de lágrimas. Para que tu sombra no vaya arrastrándose sin ganas. Para que tu corazón se rearme, de nuevo, y pueda afrontar más combates. Porque, vendrán más. De igual índole, o distinta, pero vendrán.
Todos tenemos combates en la vida, todos. Y aunque el trasfondo no sea igual, hay pocas temáticas. La vida arremete, de vez en cuando, y el reto consiste en superarlo.

Es duro tener que decir adiós a una persona amada, querida, y saber que no volverás a verla en esta vida. Una ausencia definitiva.
Duele cuando ves que te quedan horas para disfrutar de tu casa, esa que has ido pagando con sacrificio y compraste con ilusión. Horas para que personas extrañas te saquen de ella, de tu hogar.
Sientes un vacío tremendo cuando tu esquema familiar se fragmenta por una separación. Si no hay hijos es más fácil. El corazón endurece y se asume de forma más rápida. Pero sí los hijos están, una parte de tu corazón se resquebraja.
De igual forma tu corazón se fragmenta en pequeños trozos, cuando debes renunciar a la persona amada. Por imposición, o por no dañarte más.

El dolor, la tristeza y el sufrimiento nos sobrevienen de muchas maneras. El trabajo que hay que hacer es continuar hacia delante, en todos los casos. La vida continúa y hay que avanzar todos los días un poco más. Es necesario buscar las fuerzas para conseguir escapar.


Hoy es mi día cero. Hoy no cuenta. 

07 diciembre, 2014

Declaración de principios

Me perdería en tu mirada mientras disfrutas de aquello que te hace sentir.
Te abrazaría en los momentos de tristeza donde tus gestos lloran.
Te amaría hasta perder la conciencia y el sentido de la realidad.
Te querría por el placer de hacerlo, sin esperar nada a cambio.
Te divertiría hasta comprobar que tu alma disfruta.
Te extrañaría como si no fuera a verte más.
Te necesitaría como una flor necesita del agua y la luz.
Te acariciaría como si fueras algo sumamente delicado.
Te escucharía como si fueran tus primeras palabras.
Te observaría hasta que el sueño me venciera.
Te sonreiría hasta penetrar en lo más profundo de tu corazón.
Te besaría hasta quedarme sin aliento.

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Me pierdo en tus brazos cuando envuelven mi cuerpo.
Me abrazo a tus sentimientos cuando tu ojos descifran los míos.
Me divierto cuando te comportas como un niño atrapado en el cuerpo de un hombre.
Me sonrío cuando tu elocuencia destierra los malos recuerdos.
Te extraño cuando te sueño y no estas junto a mí.
Te quiero cuando extiendes tus brazos para abrazarme.
Te necesito cuando mi alma llora.
Te acaricio cuando deseo sentir el contacto de tu piel.
Te escucho cuando pronuncias mi nombre.
Te observo cuando tu mirada se pierde en la mía.
Te beso cuando mi mente quiere acariciar tus labios.
Te amo cuando te pienso.


07 noviembre, 2014

Pequeños placeres

Aquella mañana los ojos de Eva buscaron el nuevo día demasiado pronto. Su mente se negaba a adormecer sus pensamientos, y su cuerpo pedía actividad. Se levantó con demasiada pasividad, quizá por llevar la contraria a lo que le pedía su otro yo interno, pero tuvo que claudicar cuando sus pies iban directamente hacia la ducha. Un baño de agua caliente vendría bien para terminar de despertarse y desechar la idea de volver a la cama. 
Mientras se desnudaba, observó su cuerpo de apariencia frágil, un rostro de sobra conocido y unas bolsas sospechosas que asomaban debajo de sus ojos ocultando las cuencas que recordaba haber visto la noche pasada. Retención de líquidos, pensó. Hoy tendría que hacer algo para que esas pequeñas bolsitas desaparecieran y recuperar su rostro normal. 
Luis había madrugado más que ella y sólo recordaba el beso matutino que él le dio mientras ella disfrutaba de la calidez de las sábanas. El chorro de agua caliente cayendo por su melena la sumió en un momento plácido, mientras pensaba en lo que haría mientras Luis llegara. El agua resbalaba por su cuerpo mientras observaba como iba mojando su pequeña anatomía poco a poco. Ante la ausencia de Luis, pensó que no había nada mejor que comenzar el día con un pequeño placer, y la ducha de agua caliente había sido su elección. Mientras duró el ritual del aseo determinó que haría cuando desayunara. Era algo que llevaba tiempo pensando pero que, sin embargo, nunca se había decidido a hacer. El siguiente placer que pudo proporcionarse fue oler a café recién hecho. Años atrás aborrecía el café, pero después de probarlo un día por compromiso fue aumentando su adicción a la cafeína poco a poco. Ahora le gustaba con cuerpo, fuerte y apagando ese sabor con apenas unas gotas de leche. Lo justo para mancharlo. La cocina fue inundándose poco a poco de los olores característicos de una mañana de domingo. Café, tostadas, zumo de naranja recién exprimida... Aún era pronto para que se oyeran las voces infantiles de sus vecinos, y quiso sentir el silencio reinante en toda la casa y alrededores. Otro momento de placer. 
Cuando hubo terminado, fue al dormitorio para elegir el vestuario más apropiado para lo que se disponía a hacer. Unas mallas, un sueter ancho y unas botas cómodas. Miró hacia la ventana. No podría adivinar fácilmente la temperatura del exterior, pero observó que los cristales estaban empañados y eso era indicativo de que fuera, hacía más frío que en casa. Posiblemente añadiría una bufanda y un gorro mientras su cuerpo se estremecía al notar mentalmente la calidez de su abrigo. 
Salió de casa pensando que no había dejado ninguna nota a Luis. Volvió sobre sus pasos y buscó encima del mueble papel y boli para dejarle anotado: "Cariño, estaré en la plaza. Si te apetece, allí te esperaré. Luego ya veremos lo que hacemos. Te quiero."
Esta vez, sí, salió de casa y se encaminó escaleras abajo sin pensar en lo que podría surgir de aquella plaza. La calle apenas estaba transitada, la ciudad aún dormía y hacía frío. Alguien tan loco como ella saldría a la calle para nada en concreto, y tanto a la vez. La plaza se encontraba a pocos pasos de su casa. Apenas tardó unos minutos en llegar a ella. Nadie en los alrededores, pésimo plan, pensó. El ruido de unas tazas de café alineándose en la barra despertó sus ganas de un segundo café. Haré tiempo, pensó... 
Entro en la cafetería y se sentó en una de aquellas sillas vacías que llenaban el local. Dos personas estaban como ella sentados en la barra. Eran dos hombres que conversaban acerca de lo vivido la noche pasada. Uno de ellos mantenía el nivel de conversación con tono normal, mientras el otro balbuceaba palabras sin sentido mientras intentaba explicarle a su compañero de barra que esa noche había conocido a la que podría ser, la mujer de su vida. Su rostro denotaba excitación y, a la vez, la mirada perdida del alcohol. Su acompañante le decía que estaba equivocado, que aquella mujer había pasado de él en toda la noche, y que las copas ingeridas no le habían permitido ver la realidad. Añadiendo que si de verdad le interesaba esa mujer, le demostrara que tenía su número de teléfono. 
El ilusionado buscó entre sus bolsillos, mientras el incrédulo se reía... 
En aquellos momentos entró por la puerta del local otra alma madrugadora con un niño de apenas 6 años de la mano. Ocuparon dos sillas y llamaron al camarero anunciándole un café con leche y un cola-cao. El niño bostezaba mientras su madre echaba el contenido del sobre en un vaso de leche caliente y removía para mezclar. Escuchó como la madre volvía  a solicitar al camarero un croissant a la plancha, mientras le preguntaba a su hijo si tenía hambre. El niño apenas contestó haciendo un pequeño gesto negativo con la cabeza. Su madre le explicó que tenían que darse prisa porque debían coger el bus a tiempo. Ilusionó el despertar del niño adelantándose en el tiempo narrando lo que aquél día les deparaba. Una pequeña reunión familiar donde podría jugar con sus primos. Unos primos que conocería por primera vez. Los ojos del niño de abrieron de par en par ante el miedo a lo desconocido y la cercanía de saber que aquellas personas nuevas en su vida formaban parte de su familia. 
Mientras, los dos compañeros de barra habían llegado al acuerdo del enamoramiento fugaz y los alicientes que pueden depararte otra noche de juerga. 
De repente el teléfono de Eva sonó: 
- Hola cariño - dijo con ternura - estoy en la cafetería de la plaza. Te dejé una nota en casa por si volvías y veías que no estaba. ¿Acabaste ya?... Me parece perfecto. Te espero aquí-.
Mientras guardaba su móvil en el abrigo con una mano, con la otra alcanzaba su taza de café para seguir saboreando aquél momento. En aquel instante, otra vida ajena entraba por la puerta...Una joven con una mochila en sus espaldas, ataviada con vestuario de montaña... 
Todas aquellas personas que comparten momentos fugaces llevan vidas totalmente distintas a las nuestras, o quizá, sabiendo y conociendo lo que cada uno lleva en su mente se podrían encontrar muchas similitudes de tiempos y experiencias vividas. Observar y detenerse a contemplar la multitud de vidas distintas, o semejantes, en nuestro devenir diario era otro pequeño placer que quiso regalarse esa mañana.

28 octubre, 2014

Vidas separadas, vidas cercanas

Caminaba solitario por la calle mientras aspiraba los distintos olores que el ambiente regaba cada paso. Un gato, solitario como él, caminaba al compás que marcaba la oscuridad. Su pelaje negro ocultaba su esbelto cuerpo, mientras resaltaba la mirada felina entre las sombras. Otra alma solitaria que no buscaba compañía, pensó Mario. 
No llevaba prisa, el tiempo se había detenido por un instante, por unos minutos eternos y unas horas que resultaban agradables para disfrutarlas. 

De vez en cuando su mirada se cruzaba con alguna persona que, lejos de sentir el silencio de su alma, caminaba presuroso para llegar a alguna cita programada. El tiempo escapaba hábilmente de las manos, cuando el espíritu no se paraba a a contemplar cuanto sucedía alrededor. 
Aquella noche era callada, los trinos de los pájaros permanecían acallados por la oscuridad. Las sombras ocultaban los pensamientos del trasiego nocturno, y los sueños vagaban libremente en busca de la esperanza. 
Aquél pensamiento le trajo a la memoria su propio sueño. Ese pequeño rayo de esperanza que ansiaba y anhelaba de forma repetitiva en su mente. No existía ni un sólo momento del día que el recuerdo de su pequeña le acompañase en su devenir diario. Su pequeña...

Las circunstancias le habían obligado a separarse de lo que más quería en el mundo. Su hija. Sangre de su sangre. Aquella sonrisa eterna le acompañaba y atenazaba en sus momentos de soledad. Su vida se truncó cuando su pequeño mundo se fracturó de un golpe. María le había confesado que ya no era feliz junto a él. Ella le confesó que su corazón le pertenecía a otro hombre. El ideal de felicidad se transformó en una pesadilla desde ese momento. 

Ya no más experiencias vividas junto a las dos personas que más le importaban en su vida. No más años de dedicación por intentar se feliz junto a ellas. La estabilidad de hacía unos meses, se tornó en desasosiego. Era un comenzar de cero. La soledad sería su compañía y la felicidad le visitaría cuando tuviera a su hija junto a él. El destino quiso que disfrutar junto a ella, fuera programado en un calendario. No más espontaneidad al volver del colegio, al darle las buenas noches, o al ayudarle con su formación para un futuro. 
El presente, su mujer, un abogado y un juez marcarían las pautas a seguir a partir de ese instante. Se sentía como una marioneta en manos de los demás. Ellos iban a decidir cuando podría estar junto a ella. Su mente y su cuerpo se rebelaban contra todo aquello. 

Tendría que comenzar a vivir con ello. Con la sensación de ausencia. Con un querer y no poder. Con su propia negación para asimilar la sentencia impuesta. 

Era su hija, su pequeña. Un pedacito de cielo que disfrutaba con él en los momentos que compartían juntos. No era justo que las imposiciones le restaran tiempo a aquellos momentos, pero así era y así debía comenzar. 
Llegaría un día que su hija estaría junto a él. Su pequeña crecería y sería consciente de todo el amor que él, su padre, le profesaba. Mientras ese día llegara, su único objetivo sería que ella sintiera su presencia de forma constante, aún no estando junto a ella físicamente. Que sintiera su protección en los momentos de temor, su orgullo en los triunfos conseguidos, y su amor en el día a día. 



26 octubre, 2014

Soledad y Felicidad

La soledad era siempre agradecida en momentos relajados. Le gustaba sentir libertad mientras sentía la compañía del silencio. Amaba la soledad en su hogar, pero sus pensamientos y sensaciones se volvían vulnerables al compartir su soledad con el resto del mundo.

Nunca le gustó salir a dar un paseo sola. En sus paseos se cruzaba con personas que nunca antes había visto, y otras con rostros que resultaban añejos al situarles siempre en el mismo lugar.

Aquella noche desafió sus convicciones y fue a disfrutar de la noche en soledad. La luna aconsejó ciertos caminos para disfrutar de una ciudad bajo su luz. El silencio resultaba volátil siendo atropellado por los vehículos que circulaban. Madrugada en una ciudad empedrada que invitaba a pasear entre sus edificios mientras, en los recovecos de las paredes, silbaban voces alegres que provenían de sus calles. Aquella pequeña ciudad albergaba experiencias dramáticas y sabias. La sabia nueva disfrutaba de la vida sin pensar en amarguras venideras.

Terminaba una calle y comenzaba otra. Dobló la esquina y observó luz con bullicio a lo lejos. Sus pasos fueron acercándose de manera curiosa observando los rostros de las personas que se cruzaba. Jóvenes que disfrutaban de la noche con los amigos. El local estaba lleno y apenas pudo hacerse hueco entre la gente para intentar avanzar. El calor era sofocante y se quitó el abrigo mientras observaba a las personas de su alrededor. En aquellos instantes pensó que no encajaba en aquél lugar.

Mujeres esculturales adornadas de vestidos con destellos de luz y hombres que despertaban en ella mil sensaciones. Tomo la decisión de marcharse de aquél lugar cuando observó que varios ojos permanecían clavados en ella. Sus miradas decían: ¿Dónde vas? Esa mirada inquisitoria acompañada de curiosidad produjo un saludo sonriente por parte de ella.

Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida pensando que sería mejor volver a casa. Pocos metros antes de salir se interpuso en su camino un hombre que comenzó a decir su nombre con una sonrisa:

- ¡Hola! Soy Pedro, ¿qué tal?
- Hola, disculpa me marchaba ya.

- Ya veo -sonriendo-. ¿Dónde vas con tanta prisa?
- No llevo prisa -mirando hacia la puerta-.
- Te irás sin decirme siquiera tu nombre?

- Sí. Entre a ciegas y creo que me equivoqué de lugar.
- ¿Por qué? Este sitio está muy bien y, como escucharás, la música tampoco está mal.
- No tengo nada en contra del sitio, ni me voy por la música. Simplemente no encajo en este mundo.
- ¿Qué mundo?
- El mundo de la riqueza donde los esfuerzos no se tienen en cuenta, donde las superaciones personales sólo son los lujos. Un buen coche, un buen acompañante con dinero, lo inalcanzable y vacío que catalogamos muchos...
- ¿No te gusta el dinero? ¿Poseer lujo y todo cuanto sueñas?
- Sería tonta si no me gustara, pero te aseguro que todo esto... no da la felicidad completa.
- La felicidad es algo muy difícil de alcanzar.
- Todo depende de lo que cada uno considere sentirse feliz. El baremo lo pone cada uno de nosotros. Muchas de estas personas se sentirán felices por cuestión material y son afortunadas si también son felices con ellos mismos.
- ¿Dónde quieres llegar?
- No importa –riéndose-, ¿tomamos una copa?, pero antes, ¿me dirás tu nombre?
Marta, ¿puedo irme ya? 



Copyleft. Alzado 2003.
Permitida la reproducción citando al autor e incluyendo un enlace al artículo original.

08 marzo, 2014

El amanecer de la luna

María conducía su coche como venía haciendo desde hacía muchos años a su trabajo. Amanecía y, a la salida de un túnel, la luna apareció frente ella. La observó y dijo calladamente lo linda que estaba. Grande, luminosa, encantadora… Incitaba a mirarla y deleitarse de aquella vista mágica y pensó, en decirle o quizá, pedirle un sueño. Una alma gemela comprensiva, amorosa, honrada para poder amar. Al poco tiempo de esa petición, llegó él. 

Y llegó colmado de amor, generosidad, comprensión, y un sinfín de atenciones que ella nunca había recibido. La barrera de María fue fomentada en el sufrimiento pero fue desapareciendo entre caricias y besos. El sentimiento fluyó de manera indolora amando como nunca antes lo había hecho, respirando y alimentando su alma a diario de vitalidad, amor y plenitud. 

Con el paso del tiempo María estaba convencida de haber encontrado aquella parte fundamental para su vida, el amor, la compañía pero comenzó a darse cuenta de aquello que no vieron sus ojos vedados. El sentimiento luchaba por salir a la superficie y, sin embargo, se escondía cada vez más lejos del corazón. Sus pensamientos derivaban a cómo resolver una situación dolorosa pero acertada. Le amaba pero no podía seguirle en el camino que comenzaron juntos desde que llegó a ella. 

Sucedieron momentos dolorosos que sólo fueron paliados con el sueño. Él se marchaba, con su vida acumulada de pensamientos y arrepentimientos que le llevaban al punto de partida. Ella partía de una situación que no era nueva, y el sentimiento lloró durante muchos días. Arrastró la pena con fuerza y fue marcando un límite para no caer y, también, no sufrir. Acostumbrándose a la vivencia de los hábitos pasados y no llorar. A levantar ánimos y costumbres dejadas en el tiempo que le reportaban satisfacción. Su camino continuaba hacia delante y, pese a desconocer lo que conocería se dijo a sí misma que era necesario rescatar el optimismo, la vitalidad y aquellos tesoros que permanecían hibernando en su interior. 

Un comenzar de cero que ella había decidido. Caminaba hacia su destino.

06 diciembre, 2008

La vuelta

Mientras Fermín daba su paseo matutino por la chopera, María fue despertada por una llamada telefónica. Somnolienta miro la pantalla del móvil para saber el nombre de quién llamaba con tanta insistencia: Luis. Dirigió su mirada hacia el despertador de la mesita y comprobó que eran las 8 de la mañana... de un domingo. Descolgó.

- ¿Mamá? ¿Hola? ¿Estás ahí?
- Sí Luis,-bostezando- estoy. Dormida, pero estoy. ¿Sabes qué hora es?
- Siento si te desperté pero tenía que hablar contigo.
- Dime, -incorporándose- ¿te ha ocurrido algo?
- Sí, no… no sé. Me han despedido… eso implica que no puedo hacerme cargo del alquiler y necesito…
-¿Cuándo vienes?
- Llego mañana por la mañana.
- ¿Mañana?
- Sí, ¿os viene mal? Lo digo por si tenías vuestros planes… por mí…
- ¿Mal? ¿Planes? Espera, ya nos contaras más detenidamente cuando estés aquí. ¿A qué hora llegas, y dónde voy a recogerte?
- Llego en el tren de las 12, ¿irás tú o papá?
- No sé hijo, eso da igual. Buen viaje.
- Nos vemos mañana. Besos
- Tengo ganas de verte. Hasta mañana.


María continuó sentada en la cama asimilando la inminente llegada de Luis. La pensión de Fermín no era para echar cohetes, y la suya era un complemento. Imaginaba que Luis tendría paro y así cooperar con la economía familia, sino, sería un tremendo esfuerzo y Fermín lo utilizaría como arma recriminatoria toda la vida. Siempre quiso que su hijo se dedicase a lo que había constituido toda la vida de su familia durante años. Le gustaba ser tradicional en muchos aspectos de su vida y no vio con buenos ojos que su hijo abandonase el trabajo del campo por la ciudad.

La crisis era una escusa razonable para justificar su vuelta. Los trabajos escaseaban e imaginaba que Luis había agotado todas las posibilidades antes de llamarles. Maldita crisis, recesiones y todo lo aplicable. María se mostraba impotente ante las elevadas cifras del paro que subían a diario con Luis incluido ahora en ellas. Escuchaba los pocos avances que realizaban y los malos presentimientos para el año siguiente.

- ¡Ufff...! –levantándose-. A ver como se lo cuento a Fermín…




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16 enero, 2007

El sueño

Acuchillada en un rincón de la habitación del motel, lo único que rompía el silencio era la llegada de su muerte.

El ruido del despertador sobresaltó el cuerpo de Ana, y tardó unos minutos en darse cuenta que no era otro sueño. Se frotó los ojos y miró el reloj. – ¡A levantarse!- , pensó mientras se dirigía a la ducha. Abrió el grifo y buscó con su mano la temperatura perfecta para su cuerpo. Mientras el agua refrescaba sus pensamientos su cuerpo se estremeció al sentir de nuevo la llegada aterradora de la muerte. No volvería a pensar en el sueño de esa noche pero llevaba soñando lo mismo hacía un mes, y sabía que le resultaría difícil. Aún recordaba la escena en aquél restaurante, los días pasados, cuando comentaba a un grupo de amigos su sueño repetitivo. Unos se posicionaron de manera escéptica, y otros simplemente expresaron miradas de asombro.

- No es muy normal que tenga el mismo sueño durante tanto tiempo...
- Ana, estás muy estresada últimamente –comentaba Diana- sería bueno que cogieras unos días de descanso...
- Sí –confirmó Paula- creo que es lo más conveniente. Cuando un sueño se repite tantas veces, es indicio de cansancio nena.
- El cansancio no tiene nada que ver con esto –mirando a Pablo-.- ¿No dices nada?
- ¿Qué quieres que diga?, –frente a ella- no sé que decir. No puedo decirte nada en este momento. Puedo hacerme a la idea de cómo te sientes, pero creo que te obsesionas demasiado con todo.
- Ahora es obsesión –ofuscada-, creéis que estoy loca, ¿no es cierto? Me he preguntado lo mismo muchas veces, y todas las mañanas al despertar...


Cerró el grifo y salió de la ducha. -¡Tonterías! – pensó. Corrió a la habitación y comenzó a vestirse. Apagó la radio cuando el interlocutor informaba con las primeras noticias del día, y cerró la puerta. Mientras bajaba las escaleras pensó que aún iba con tiempo para desayunar en la cafetería con Pablo, y buscó su móvil en el bolso. Salió a la calle, y regaló su mirada con una mañana primaveral que antojaba fresca y alegre. Mientras marcaba el número de Pablo saludó cortésmente al vecino que bajaba detrás de ella. Cuando hubo pasado, Ana se quedó inmóvil alimentándose del olor que marcaba el camino hacia él. Aquél hombre ostentaría un cargo importante, pero la higiene carecía de importancia en su vida –pensó-.

Consiguió localizar el número de Pablo y pulsó la tecla de llamar. Comenzó a caminar cuando escuchó su voz.

- Buenos días –bostezando- madrugadora, ¿has visto la hora que es?
- Buenos días -observando a su vecino como subía al coche-, la hora exacta para desayunar churros calentitos.
- Uff... –silencio-.
- Pablo, ¿estás ahí?

En esos instantes un tremendo estallido elevó su cuerpo mientras sentía como se incrustaban objetos cortantes a lo largo de él. No tuvo noción del tiempo porque todo ocurrió en décimas de segundo. Una explosión, la presión en los oídos, sentir que volaba mientras su cuerpo era despedazado a trocitos...

¿Qué hacía en esa habitación de motel? Lo último que recordaba era la contestación de Pablo

- Sí, pesada. Ahora bajo.


Y su sueño...


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Permitida la reproducción citando al autor e incluyendo un enlace al artículo original.

13 enero, 2007

Su ventana

Está como cada día apoyada en los carriles de su ventana asomada al mundo. Sus arrugas surcan el rostro de manera sutil, y sus dientes cayeron debido a la edad.

Esa ventana es su mundo exterior. Sus piernas están cansadas de andar más y un solo paso supone un esfuerzo tremendo. Allí está todos los días sea invierno, verano, primavera u otoño. En esa calle, ella forma parte del decorado urbano. Un rostro pensativo y observador que muere de ganas por comunicarse con alguien. Las personas que pasan por la calle no reparan en ella, pero si se fijaran apercibirían una mirada llena de tristeza. Los años pasaron y con ellos la vitalidad, el amor, esperanzas... sueños.

Sus últimos años se verán acompañados de soledad. El pasado existe, pero la vida ajetreada de hoy no permite tener tiempo para ocuparse de alguien mayor. Continuamente afirman –estás bien ¿no?-.

Mientras tanto, ella espera que algún día tenga delante de aquella ventana el rostro de algún conocido para decir:

- ¡Mis hijos vienen a verme!


Copyleft. Alzado 2003.
Permitida la reproducción citando al autor e incluyendo un enlace al artículo original.

29 diciembre, 2006

Ayer y hoy

Paseaba reposando sus pies en la hojarasca amarillenta que cubría las calles. Un paisaje otoñal con algo de frío por las noches le invitaba a encerrarse en casa sin salir, pero aquella noche sintió la necesidad de pasear para dejar sus pensamientos libres.

No servía de nada pensar en el pasado, en el ayer... Cuando la sangre que fluía por sus venas estaba llena de vida. El ayer fue historia en su pensamiento porque enfermó y él quedó encerrado en el olvido.

No más palabras de cariño, sólo gruñidos y monosílabos. La rutina se instauró en sus vidas de manera silenciosa. Él buscó la falta de cariño y ella se amparó en la soledad de las paredes adornadas de recuerdos para intentar sujetar lo poco que quedaba de ellos.

Ayer él amó con todas sus fuerzas a esa mujer, llegó a desear su cuerpo de manera enfermiza e intentó comprender sus pensamientos más de una vez. Pero todo fue en vano porque ella olvidó hasta su nombre, los recuerdos y momentos se perdieron en el tiempo... y él resultaba un extraño.

Hoy es bien distinto.
Ayer corría sangre por sus venas.
Hoy... su mirada dijo adiós.

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27 diciembre, 2006

Atardecer

Chapoteaban mirándose tres veces seguidas de otras tres. Sonreían y eran felices. Sus miradas expresaban bienestar mientras el deseo se acercaba lentamente. Se alejaron lentamente de la orilla parándose en un escalón para limpiar de arena sus pies descalzos. Llegaba el atardecer.

El fuego y el agua en un único elemento. El dios Sol bajaba inexorablemente hacia las profundidades y, desde aquél escalón, aparentaba ser engullido por el inmenso mar azul.

-Hasta mañana...- susurró ella.
-¿Hasta mañana?- dijo él.
-¿Has hablado alguna vez con el sol, la luna... las estrellas?
-No, ¿tengo que hacerlo?- sonriendo.
- Sonriendo también –no, era una pregunta un tanto absurda. Olvídalo.
- A veces te noto, no sé ¿distante?
- No cariño, si me miras sabrás lo que pienso. La mirada lo expresa todo...
-¿Sí? Dime que expresa la mía- con tono infantil -.
- Reprimiendo la carcajada – Venga.

Sus miradas se cruzaron, y mientras ella clavaba su mirada en el iris de los ojos que tenía enfrente, pensaba en la manera de decirle que no podía continuar así. Que su camino continuado hasta los largos años de convivencia de hoy había llegado a su fin, y su hipocresía miedosa también. Como decir con una simple mirada que su vida ansiaba libertad y su corazón paz. Los por qué ya vendrían después... Como dejar fluir en la mirada que necesitaba oxígeno para respirar.

Observó su rostro y no pudo ver más porque sus ojos se cerraron. Ella esperó dolor acordándose de la última vez, y recibió un beso añadiendo en su oído: -¡Qué bromista eres!- riéndose a carcajadas -No cambiarás nunca...-.

Un azote de brisa hizo que pequeños montones de arena se agolparan en sus pies. Se pusieron en pie y comenzaron a caminar. Todo continuaba siendo igual.



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01 septiembre, 2006

¿Cómo sería?


Un alma solitaria que caminará lentamente por el devenir del tiempo, arrastrando los pies para barrer las hojas caídas de los árboles.
Caminarás ensimismado en el pensamiento abstrayéndote del mundo que te rodea, y a tu mente acudirán recuerdos que provocaran sonrisas y punzadas de dolor.
Creerás que caminas planteándote una duda que cobra mucha importancia para ti, y tus pasos se detendrán para pensar y decidir.
Me verás y la duda será expresada en voz alta.

- ¿Existe un futuro para nosotros?

Te miraré y callaré.

Pensaré que el futuro no está al alcance de la mano para tocarlo y disfrutarlo.
Pensaré que es mejor amasar el hoy para que mañana nazca el futuro.
Pensaré en besarte.
Pensaré en amarte y en volverte a mirar.
Acariciaré tu rostro con las yemas de mis dedos y sonreiré.

El futuro es un pequeño lujo que conseguimos todos los días al despertar. Algo que puede convertirnos en lo que no somos hoy, o quizá cambiar nuestra forma de vivir.
El presente es sentido, tocado, malgastado, sufrido, enamorado, triste, alegre, cansado, ilusionado... y sea como venga es preferible vivirlo para no esperar a un futuro que no sabemos si llegará...


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28 agosto, 2006

Aquel lugar

Era una noche solitaria pero, a lo lejos, se escuchaban gritos apagados de niños que saboreaban las últimas horas del día. Saborear las horas pasadas del día era lo más placentero para ella. Una música sonando al viejo ritmo del jazz cubría cualquier vacío que pudiera verse desde una ventana, y comenzó a recordar ese día tan especial...

El desayuno fue diferente porque estuvo acompañado en todo momento por la brisa del mar. La frescura del agua despertó sus sentidos y rebrotó energía para todo su cuerpo. Cuando el sol, siendo condescendiente, abrasaba decidió pasear por lugares que siempre habían permanecido ahí, pero que nunca se atrevió a explorar en soledad.

De camino a esas callejuelas llevaba una sonrisa radiante. La soledad viajaba con ella, pero era bien recibida porque era la única compañía que deseaba en esos momentos. Ella y su cuaderno formaban simbiosis perteneciendo a uno solo porque contenía palabras de gran importancia. Su futuro estaba en aquellas palabras, y ella era su propio guardián.

El sol apuntaba alto y agradeció zambullirse entre la frescura de los viejos edificios. Piedras sólidas y frías se agolpaban en ambos lados de la calle cuando comenzó a observar a las personas que se cruzaban por izquierda y derecha. Buscó un saliente en algún edificio y, cuando lo encontró, se sentó. Abrió su cuaderno y comenzó a escribir frases enlazadas sobre las miradas que llegaban a ella.

Unos ojos inmensamente azules se cruzaron en su mirada, y no pudo alejarse del hechizo que trasmitían. Su poseedor era un muchacho que caminaba a la deriva sin saber su destino de manera exacta. Vagaba sacudido por el ir y venir de grupos de amigos festejando el final de las vacaciones y el reencuentro con mirada serena y ojos apenas entreabiertos. El muchacho miraba sus ojos y ella se zambullía en su azul intenso. Le vio alejarse y su mirada se perdió entre los grupos de gente que pasaban por allí.

Bajó la mirada hacia su cuaderno y ante ella apareció una página en blanco que pedía ser cubierta con palabras. Meditó y comenzó a escribir palabras que iban y venían por su mente, alimentándose de los aromas, voces y risas que resurgían de los viejos edificios. Un ambiente joven que aportaba savia nueva para esas calles impregnadas de experiencias a lo largo de los años.

Su muñeca escribió de manera frenética hasta llegar al final. Era un impulso irrefrenable que brotaba de manera enérgica sin poder contenerlo, y se abandonaba al resurgir de ideas que se agolpaban en su mente. Cuando terminó, cerró el cuaderno y comenzó a caminar hacia su origen convertido en destino. Arrastraba los pies para sentir los desniveles de las calles pedregosas, y su mirada se perdía en la siguiente esquina.

Anduvo hasta llegar al asfalto que rebrotaba calor a la caída de la noche. Aquéllas piedras frías fueron sustituidas por ladrillos, y los portalones por puertas de hierro perfectamente estructuradas.
Era una noche solitaria y ya no se escuchaba el eco infantil saboreando las horas del nuevo día...


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16 agosto, 2006

¿Dónde estás?

¿Dónde estás? Intento alcanzarte y no llego a tocar un solo milímetro de tu piel, o ¿quizá sí?

Te sueño en mis noches tormentosas, imagino tus pasos entrando por el umbral de cualquier puerta desconocida sonriendo e intentando ocultar tu timidez al pronunciar: Hola.

Observo a la luna resplandeciente y grande iluminando mi camino para seguirte, pero me pierdo en la búsqueda. Le pido consejo al astro que ilumina nuestras noches y ella me aconseja paciencia para esperar tu llegada. Los impulsos irrefrenables me restan energía pero, a la vez, recargan mi corazón de latidos que son imposibles de callar.

Sueño con tu imagen, pero me resulta extremadamente imposible reconocerte entre tantos espíritus. Siento tu cercanía y me siento bien. Tus caricias resbalan por mí piel y despiertan sentidos dormidos hace tiempo. Busco tu sonrisa para que ilumine mis días y gozo de tus últimas palabras. Tu mirada se clava en mi pensamiento y un escalofrío recorre todo mi cuerpo cuando te recuerdo.

¿Eres un rostro conocido? ¿Debo seguir buscando?... Paciencia –susurra la luna- pronto estará contigo... Espero paciente el transcurrir de los días observando cualquier indicio que pueda conducirme a ti y, mientras, disfruto de todo cuanto se cruza en mi camino: Sonrisas, confesiones, despertar...

La soledad de unas lágrimas añorando un abrazo inicia mi búsqueda pero, al cabo del tiempo, me doy cuenta de la pérdida que hago con cada segundo que pasa. Añoro tus palabras perdidas en el tiempo y deseo de manera ferviente volverte a encontrar. Disfruto de los recuerdos, pero tampoco me resulta favorable vivir en el pasado. Una esperanza, un pequeño atisbo que suceda para reconocer tu imagen y tus gestos transmitiendo cariño serían suficientes para iluminar mi mundo.

¿Dónde estás?...


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15 agosto, 2006

Futuro, ¿estás ahí?

Su mundo se desmoronaba alrededor y los recursos, a pesar de consumirlos poco a poco, se agotaban. La sequía interminable no daba los frutos suficientes para subsistir y los cereales no germinaban en muchos lugares del pequeño huerto. Esa mañana había madrugado y vagaba paseando sin destino por aquellas calles que habían acompañado cada uno de sus pasos desde que nació. Amanecía y el silencio reinaba en todos los rincones de la ciudad.

Mientras paseaba pensaba en la decisión a tomar. Una decisión que rondaba su cabeza desde hacía unos meses sin sacar fuerzas para lanzarse al vacío, o a la esperanza. Entró en casa y observó a su pequeño durmiendo placidamente en su camastro. Quería darle un mundo mejor pero tampoco estaba dispuesta a abandonarle para que sus perspectivas mejoraran. Aquella idea rondaba por su mente castigando sus pensamientos y el tormento que producía en su corazón no dejaba pensar con claridad. Volvió a mirar a su pequeño y la mirada regresó al camastro donde dormía su madre.

En su ausencia ella cuidaría de él. Aún era una mujer fuerte, vigorosa y la educación que impartiría a su hijo sería satisfactoria. Una vez pudieran reunirse con ella todo sería mejor. La imagen de su marido regresó como tantas veces y sus pensamientos le pedían ayuda para decidirse porque desde su ausencia le echaba mucho de menos. Se marchó en un momento difícil, cuando su hijo contaba con meses de edad, buscando una salida para aquella situación. El mar le atrapó y se lo llevó hasta el fondo para retener su cuerpo hasta la eternidad.

Aquél mar embravecido se llevó su cuerpo y el de sus compañeros de viaje. Habían osado soñar con una vida mejor y el destino quiso que no llegaran a ella. Desde la comandancia le informaron que el cayuco donde viajaba su marido había zozobrado en mar abierto apuntando una posible tormenta como causa del naufragio. Su mundo se desmoronó ante la noticia. No se intentó saber más porque, según el oficial, esos naufragios eran algo muy usual. Las personas se suben a barcazas que no están preparadas para ese tipo de viajes y cualquier imprevisto en el temporal acaba con ellas fácilmente. Sus palabras resultaron extremadamente frías para su dolor. Ni una palabra de ánimo o consuelo escuchó de sus labios, sólo una frase despreciativa e indiferente semejando la pérdida de seres humanos con mercancía. –Es algo que pasa a diario.
La pérdida de la mercancía es inevitable...-.

Ahora ella se replanteaba seguir el mismo camino que había comenzado su marido. Subirse a una barcaza que le llevara a un lugar mejor para vivir. Sería una etapa dura en sus comienzos porque debería aprender el idioma del país extraño, pero el trabajo no le asustaba. Había soportado todo tipo de condiciones a la hora de trabajar y pensaba que peor no sería. Decidió acercarse esa misma mañana a la casa donde encontraría a la persona que le proporcionaría un sitio en un cayuco, pero antes de ir tendría que romper su pequeño recipiente de barro donde llevaba guardando unos pequeños ahorros. Confiaba en tener lo suficiente para conseguir ese hueco en el cayuco.

Se dirigió de manera decidida al rincón donde lo guardaba. Levantó la losa del suelo y lo sacó. Un pequeño lienzo lo envolvía para preservarlo de la luz y cuando lo retiró deseó tener la cantidad suficiente para pagar el asiento. Cogió un martillo y con un golpe seco el recipiente se partió en dos. Contó las monedas y ordenó los billetes para contar y sumar. ¿Sería suficiente? No sabía la cantidad que le pediría el hombre que tenía pensado visitar esa mañana, pero era todo lo que tenía. Apartó unas monedas para la supervivencia de los próximos días y el resto lo guardó en el lienzo que había guardado con el recipiente de barro. Aguardaría hasta más tarde para ir a verle... su pequeño había despertado y reclamaba su presencia.

A media mañana la ciudad bullía con los ruidos procedentes de las voces que vendían en el mercado todo tipo de productos: cereales, zanahorias, plátanos... familias enteras que dependían de pequeños recursos, como ella, gracias a sus pequeños huertos. Aquella mañana estaba siendo propicia y le quedaba poco para vender y recoger el pequeño tenderete que consistía en una tela extendida en el suelo. Cuando vendió la última porción que le quedaba recogió la tela y se encaminó hacia la casa del hombre que podría transmitirle esperanza a su futuro. Según se aproximaba a su casa le vio apoyado en una pared cercana en actitud de espera observando a la gente que paseaba delante de él. Su mirada reflejaba poder, algo le confería una imagen omnipresente y él lo sabía. Proporcionaba libertad para situaciones extremas y todos en aquella ciudad sabían donde encontrarle, pero ella desconocía el precio a pagar por la ansiada libertad.

Le saludó y comenzó a hablar de sus ideas, él le hizo un gesto con la mano para que callara y le siguió hasta un pequeño callejón donde nadie pudiera oírles. A pesar de que todo el mundo sabía a qué se dedicaba y con qué comerciaba, no dudaban en recurrir a él cuando la necesidad era desesperada. Él sabía la situación tan extrema que empujaba a todas aquellas personas y usaba su poder para hacer prevalecer sus tarifas. Ella le dio el lienzo con el dinero, él lo abrió y contó. Un pequeño gesto de contradicción salió de sus labios explicando que aquello no era suficiente, a la vez que pedía más.

La desesperación acudió a sus ojos y comenzó a llorar balbuceando que no tenía nada más, pero aquel hombre nombró su pequeño huerto donde cultivaba el escaso sustento diario como parte integrante del trato. A su pensamiento acudieron su pequeño y su madre pensando que no podía negarles la supervivencia entregando aquella porción de tierra a ese extraño. Pronunció no y su mirada se convirtió en lasciva para recorrer su cuerpo mientras insinuaba que tendría que terminar de pagar el pasaje de alguna otra manera. Sintió vergüenza y asco de imaginar yaciendo en la cama con ese hombre y cuando él se aproximó para besar sus labios ella rehusó de manera brusca. Aquella negativa enfureció al desconocido y alzando la voz le dijo que era su única manera de salir de aquella mierda para poder ofrecer una salida a su vida. Le increpó su orgullo recordándole que no estaba en actitud de pensárselo demasiado porque él era conocedor de su precaria situación. Tenía razón.

Hizo ademán de acercarse para besar sus labios de nuevo y, esta vez, se quedó quieta para recibirlo. Su aliento apestaba y sus manos se infiltraban de manera grosera a través de su vestido para manosear zonas olvidadas hacía tiempo. La repulsión y las náuseas acudieron de manera natural, pero contuvo ambas sensaciones pensando en su hijo, madre... tierra extraña. Aquél hombre empujó su cuerpo al suelo y se tumbó encima para gozar de manera salvaje. Intentaba abrir sus piernas con fuerza y ella cerró los ojos para no ver su rostro apestoso baboseando encima de su cara. Ella gritó cuando sintió su miembro en el interior deseando que aquello terminara pronto. A los pocos minutos él dejó caer su peso a un lado mientras su cuerpo aún se sacudía por los espasmos al eyacular. Se levantó y se marchó dejando su cuerpo tumbado en aquél sucio callejón mientras informaba de la hora de salida: Cuatro de la madrugada.


Se incorporó y se apoyó en la pared cercana mientras pensaba en lo que acababa de ocurrir. La vergüenza fue alejándose pensando en el futuro que comenzaba esa misma madrugada. Se levantó y comenzó a andar hacia su casa. Debía informar a su madre de su próximo viaje intentando transmitirle vida, en lugar de muerte.



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20 junio, 2006

Fútbol

Hay muy pocas personas que no sepan realmente qué es el fútbol. Unos pueden asociarlo a juego, otros a deporte, a negocio, ídolos…

Según entramos en un campo de fútbol lo que más puede impresionar es el tamaño del campo. Ya tenemos un campo para jugar al fútbol, por tanto, es un juego. Visto desde una altura mínima asemeja a los juegos de ajedrez, damas, parchís… los juegos de mesa clásicos. El fútbol no se juega en un tablero, pero su apariencia es la misma. Un tablero y veintidós fichas. Cada equipo está formado por once jugadores, y su objetivo es introducir una ficha esférica neutral llamada balón en la casa del equipo contrario, y digo la casa porque, aún llamándose portería, el significado es el mismo.

Detrás de cada equipo se esconde una afición de seguidores de ambos equipos. Personas que se transforman cuando ven a los jugadores del equipo elegido jugando un partido, y su alegría será recíproca a los goles marcados en la portería contraria. Existen muchas personas singulares dentro de ese grupo llamado afición. Algunos utilizan pelucas del color de su equipo, otros manchan sus caras con los mismos colores portando la camiseta y otros eligen alguna vestimenta típica de su lugar de nacimiento para marcar más énfasis en sus voces. Todo vale en el deporte rey.

Su riqueza le ha llegado gracias a nosotros, a todos sin exclusión, porque todos sabemos que ese juego existe. Que guste, o no, son dos opciones a seguir. Unos reparan en el juego, otros reparan en el espectáculo que se forma a su alrededor y otros se fijan en los jugadores. A estos últimos se les endiosa dependiendo de la destreza que tengan con el balón, y nosotros les bajamos o subimos cuando su juego es mediocre o espectacular. A fin de cuentas ¿qué es? Un juego.

Todo este ambiente es vivido por aquellos que se encuentran en el mismo campo de juego, y la vivencia es distinta si lo vives a través de las voces que te llegan por cualquier medio de comunicación. Esas personas que viven el partido por ti son los comentaristas, y ellos gritan hasta la saciedad, y opinan como si fueras tú quien se encontrara allí. Intentan trasmitir el partido poniéndose en tu lugar, y eso es algo que todos agradecemos porque te hacen vivirlo estando a muchos kilómetros de distancia.
Todos sabemos que es el fútbol y su semejanza a un juego es evidente. Un momento de ocio para disfrutar y liberar el estrés de toda una jornada, de vez en cuando, merece la pena. Los fanatismos siempre son peligrosos, pero una ilusión es bienvenida siempre.


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16 mayo, 2006

Cuatro edades.

Después de la intensidad de los días pasados la pena se adentra en mí interior. El colofón fin de fiesta.

Pena por dos personas, y pensamientos de preocupación por otras dos. Una es anciana, otra de edad media acercándose a la madurez, la tercera es una persona joven como yo y la cuarta… sangre de mi sangre. Les une un lazo que he tenido muy cercano estos días pasados y estaba más concienciada en el tema: La Salud.

La primera es una anciana muy especial. Con una edad muy avanzada y, por tanto, portadora de multitud de experiencias en la vida. Una afección hace que permanezca postrada en una cama de hospital y la pena se ceba en mi corazón cuando imagino su cuerpecito frágil. El miedo se adelanta y trae a mi mente el temor de la muerte. No quiero que se vaya aún.

La segunda es de una edad media que camina, poco a poco, hacia la madurez. Alguien que tuvo una vida completamente distinta de la que tiene en el presente. Alguien que, a pesar de su enfermedad, quiere sentirse útil para otras muchas personas. Un corazón cándido que necesita compañía para compartir inquietudes y ayuda. Alguien que, desde el momento que conocí, entró en mi corazón.

La tercera persona es una mujer como yo que comparte algo más conmigo: La enfermedad. Existe una gran diferencia entre ambas porque nuestras miradas al lobo son distintas. Para ella es algo que no quiere proclamar a los cuatro vientos y, sin embargo, yo me muero por hacerlo. Aún está en la fase de asimilación y debo respetarlo.

La cuarta es de sexo masculino. Alguien que nació hace más años que quiera recordar. Sangre de mi sangre. Una simple afección me da preocupación, pero respiro con alivio pensando que no durará mucho.

Hay dos personas que están completamente sanas y mi preocupación o pena se van cuando pienso en ellas. Las dos son jóvenes pero existe diferencia en sus edades. Una es mujer, y la otra persona es hombre. Una amiga preocupada y un hombre feliz con la vida que lleva.


Cuanto se aprende de la vida… y de las personas.


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